Una tasca centenaria que conserva el pulso de las tabernas madrileñas de siempre, con una cocina casera basada en recetas tradicionales y producto de calidad. Su carta mira al recetario castizo y a los guisos de fondo, con platos como callos, cocido, menestra de verduras, pimientos rellenos de merluza, pisto con huevo, rabo de toro o migas bardeneras.
El espacio mantiene una atmósfera rústica y acogedora, con barra para tapas y salones donde la comida gira alrededor de la conversación y la mesa compartida. La fachada roja, el ladrillo visto y la cartelería inspirada en el rombo del metro refuerzan el carácter histórico de un local ligado a la memoria gastronómica madrileña.
El establecimiento desarrolla su actividad bajo una línea de trabajo vinculada a la sostenibilidad, integrando criterios como Materias Primas, Infraestructura, Procesos y Personal y Sociedad. Este enfoque refleja una forma de entender la hostelería desde el uso responsable de los recursos, la reducción del impacto ambiental y una relación más consciente con el entorno, manteniendo al mismo tiempo su papel dentro de la vida gastronómica y social del barrio.
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