En 1969 Carmelo y Fina abrieron un pequeño restaurante con la voluntad de ofrecer una cocina honesta, de raíces madrileñas, donde el producto y la cercanía fueran el alma de la casa. Con esfuerzo y constancia, lograron convertir aquel local en un punto de referencia gastronómico que ha acompañado durante décadas a vecinos y visitantes. A ellos se unió Valentín, quien compartió con la familia su pasión por los fogones y dejó también su huella imborrable. Hoy, bajo la dirección de Luis, hijo de los fundadores, el espíritu de aquella primera etapa sigue vivo: una carta que homenajea a la tradición con platos como los callos, el cocido madrileño, el rabo de toro o las albóndigas caseras. Más de medio siglo después, la esencia familiar y la calidez de su cocina continúan siendo su mejor carta de presentación.
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