En un rincón tranquilo del norte de Madrid late una de las historias más singulares de la gastronomía española. A comienzos de los años setenta, un matrimonio formado por un vasco y una gallega abrió un pequeño bistrot que llevaría el nombre de su hijo, Sacha. Aquella taberna, mitad vasca y mitad gallega, se convirtió con el tiempo en un refugio para quienes buscaban cocina con alma, esa que combina producto, memoria y conversación. Desde entonces, Sacha Hormaechea ha mantenido vivo el legado familiar con una propuesta que une raíces y modernidad. Su cocina, directa y honesta, celebra los sabores del mar y la tierra con platos como el ravioli de txangurro, la tortilla vaga o la falsa lasaña de centollo. Hoy, más de cinco décadas después, su casa sigue siendo ese lugar donde cada plato tiene una historia y cada comida se recuerda.
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