El origen de este histórico local se remonta a 1940, aunque su verdadera identidad comenzó a forjarse en 1962, cuando la familia Viesca Gómez-Martinho tomó las riendas del negocio. Procedentes de Madrid, el País Vasco y Cantabria, trajeron consigo una forma de entender la cocina basada en la calidad, la frescura del producto y el respeto por la tradición del aperitivo madrileño. En sus primeros años, el marisco y los fritos eran protagonistas, pero pronto nacieron los grandes clásicos de la casa como el huevo con langostino o las croquetas, que se han mantenido inalterables con el paso del tiempo. A lo largo de las décadas, la carta se fue ampliando con nuevas propuestas frías y calientes inspiradas en los sabores del norte y elaboradas siempre con producto fresco. Hoy, su barra sigue siendo un símbolo de Madrid: una sucesión de pequeños bocados que rotan sin pausa mientras los camareros, algunos con décadas en la casa, sirven con esa naturalidad que solo se aprende tras años de oficio. Casi 90 años después, la esencia sigue intacta: buen producto, cercanía y el arte de disfrutar de un aperitivo en su forma más genuina.
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