Desde 1940, esta pequeña casa de comidas se ha ganado un lugar propio en la historia gastronómica madrileña gracias a un emblema incontestable: el bocadillo de calamares. Generaciones de clientes, tanto locales como visitantes, han pasado por su barra estrecha para saborear uno recién hecho, crujiente y sin pretensiones, acompañado de una caña bien tirada. La esencia del lugar sigue siendo la misma desde hace más de 80 años: producto sencillo, trato directo y precios honestos. Además del célebre bocadillo de calamares, en su carta conviven otros clásicos como los de panceta, chorizo, morcilla o queso, junto a raciones de patatas bravas que nunca faltan en las mesas del piso superior. A pesar del paso del tiempo y de las modas, conserva el aspecto de los bares de antaño, con su mostrador de acero y su ambiente bullicioso, ese que mezcla el olor a fritura con el murmullo de las conversaciones. En plena zona centro, sigue siendo uno de esos rincones donde Madrid se come a bocados, sin artificios y con el sabor auténtico de lo castizo.
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