En pleno auge del Madrid de los sesenta un pequeño bar cambió la forma de entender las tapas. Su fundador, un piloto acostumbrado a viajar, trajo consigo ideas y sabores que eran nuevos para la ciudad: ahumados, foie o queso fundido se mezclaban con la ensaladilla y los callos de toda la vida. Así nació un concepto distinto, elegante y moderno, que con los años se transformó en un restaurante de referencia. Décadas después, la segunda generación elevó su cocina, amplió la bodega y convirtió el local en un espacio cuidado y acogedor donde la exigencia y el buen gusto marcaban la pauta. Hoy, bajo la dirección de los nietos del fundador, la casa mantiene su espíritu clásico pero se proyecta al futuro con nuevas propuestas y aperturas. Con 60 años de historia, sigue siendo un símbolo de la restauración madrileña y un ejemplo de cómo la tradición puede evolucionar sin perder su esencia.
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