Desde 1947 esta taberna del barrio de Prosperidad mantiene intacta su esencia, convirtiéndose en un símbolo de la vida de barrio madrileña. Fundada en los años de la posguerra, ha sabido conservar el alma de las antiguas casas de comidas, donde el trato cercano y la sencillez se traducen en autenticidad. Su fama se debe a unos boquerones en vinagre únicos, servidos sin aceite ni perejil y acompañados de patatas fritas recién hechas, un vermut de Reus de barrica o una caña bien tirada, como las de antes. La decoración, con fotografías de toreros, carteles antiguos de cervezas El Águila y dos barras que conservan el encanto original, invita a detener el tiempo y disfrutar de la charla y la tradición. Con casi 8 décadas de historia, este rincón sigue siendo un refugio para los amantes del tapeo castizo, donde cada detalle evoca la memoria viva de un Madrid que aún resiste al paso del tiempo.
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