En este pequeño espacio de Lavapiés, una pareja lituana ha construido un refugio donde la sencillez vuelve a ser virtud, la barra de mármol blanco, la luz contenida y el ritmo pausado crean un entorno en el que cada cóctel se sirve sin artificios siempre desde la precisión y el respeto por la técnica clásica. La carta con una docena de mezclas revisita recetarios esenciales con un sutil matiz nórdico que aporta identidad sin estridencias. El ambiente es cercano, casi doméstico, marcado por charlas tranquilas y un servicio que entiende la coctelería como un ejercicio de honestidad. Aquí lo importante es el sabor, la ejecución y la sensación de estar en un lugar que celebra lo propio, una coctelería de barrio hecha con buen criterio.
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