En enero de 1968, Mariano y Ramón, cuñados y amigos, decidieron abrir un pequeño restaurante en el entonces tranquilo barrio de Peñagrande. Con esfuerzo y un profundo respeto por la cocina tradicional, levantaron un negocio familiar donde el trato cercano y la sencillez fueron siempre su seña de identidad. Aquella aventura, nacida del compañerismo y del gusto por compartir, encontró pronto su lugar entre los vecinos, que con los años se convirtieron en parte de su historia. Hoy, el hijo de Mariano continúa al frente del local, manteniendo el espíritu con el que comenzó todo: una cocina honesta, elaborada con mimo, y un servicio que hace sentir al comensal como en casa. En cada plato y cada gesto se percibe la continuidad de una herencia construida sobre el afecto y la dedicación.
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